Una amiga me ha contado esta historia, para hacerle un sitio en este nuestro bollo-blog. La transcribo en primera persona, para que no resulte muy confusa (por cosas como ella le dijo a ella...).
"Hallábame yo en otra ciudad de cuyo nombre no voy a acordarme. Como leí una vez por ahí, estaba estudiando el efecto del consumo de alcohol en jóvenes españolas viviendo lejos de casa.
Tras una cantidad por determinar de jugos de cebada, me encontré a mí misma en una discoteca de dos salas. La sala rock y la sala dance, también conocida como la de ambiente. Únicamente por el interés y rigor de mi estudio, me encontraba en un estado de ebriedad medio-alto, y bailaba (o algo parecido) sola en la pista. Mis acompañantes se habían dispersado en busca y captura del amor.
En estas observé a una muchacha, guapa creo recordar, podría decirse incluso que estaba buena; su cara reflejaba el disgusto por la presencia de un baboso borracho que le comía la oreja sin descanso.
En un arranque de solidaridad femenina, opté por llamar su atención para hacer ver al muchacho, que tal belleza no estaba sola y abandonada en esa sala llena de maricas y bolleras, que estaba conmigo, así que podía dejarla en paz. Muy osado por mi parte, lo sé, pero era el alcohol quien actuaba (y posiblemente el responsable también de que viera tan guapa a la chica)
La chica resultó ser de lo más agradecida, pero de sus labios no salieron palabras, sino su lengua, enfiladita a mi boca. Soberano morreo que nos dimos sin haber intercambiado ni un hola. En un receso que tomamos, por eso de que se necesita aire para vivir... atiné a preguntarle su nombre, pero nunca lo recordé. El segundo morreo se vió interrumpido por un brusco "me tengo que ir" de aquella. Ni tiempo me dio a pedirle el teléfono.
Para mi siempre será la desconocido de vestido rojo que me comió la boca por quitarle a un plasta de encima. Es lo que tiene la noche, porque el día fue para dormir la resaca."